Saturday, April 25, 2009

Algo pasó en el Metro (Cuento)

Algo pasó en el Metro
Por: Darío Valle Risoto

El metro estaba más lleno que lo habitual, Marcial se metió a los codazos y pidiendo perdón de tanto en tanto como era su costumbre de buen cristiano, terminó apretado entre una enorme mujer gorda, un hombre negro con olor a tabaco y unas estudiantes del “Sagrado corazón”. Todas las mañanas viajaba desde Santa Marta hasta Cañuelas donde caminaba unas ocho cuadras hasta el taller. No bien arrancó el enorme transporte que atravesaba su ciudad bajo calles, plazas y manzanas de edificios, la gente comenzó a reacomodarse lentamente. Observó que su mano izquierda estaba sobre la nalga derecha de una chica de aspecto indígena vestida con uniforme liceal y que su cara se apoyaba indiscretamente sobre uno de los pechos de la mujer gorda que parecía no preocuparse por ello. Marcial era un hombre bajo, de tez cobriza y rostro extremadamente maduro para solo tener veinticinco años, sería porque desde los diez trabajaba con motores y esas cosas que se había hecho a una vida difícil que todos le daban más edad.
Cuando el hombre negro se retiró para bajar a la próxima estación intentó quitar su mano del culo de la estudiante con tanta mala suerte que al querer retirarla esta lo malinterpretó.
___¡Viejo rasposo!
___Perdóneme no fue mi intención. ___Dijo con la cabeza mirando casi al piso bajo la risa de todas las chicas que acompañaban a la “tocada”. Pero su cara seguía cuasi un enano entre dos enormes cordilleras casi al borde de los pechos gigantescos de esa mujer interminable. El tren se zarandeó al dejar la estación Arredondo y lo empujaron, pisaron y le metieron las manos en los bolsillos del mameluco tres veces.
___¡Me lleva la chingada!, ¡Ya me robaron!. ___Gritó alguien pero nadie respondió.
Unos chicos pusieron sus celulares con música tropical a todo dar y una mujer saludó a un tal tío Florencio que en realidad no lo era, se había confundido, en la estación Belvedere bajaron algunos pero subieron más empujando a Marcial contra la puerta que da a otro vagón lejos felizmente de las estudiantes que le miraban como a un psicópata sexual.
___¡Dios es el camino, la luz y la gloria! ___Dijo alguien.
___¡Vete a la mierda!. ___Le contestó otro, Marcial miró su reloj pero tenía la mano tan abajo que creyó adivinar que se le hacía tarde.
Una señorita con perfume de lavanda se le apoyó contra el costado izquierdo, a su derecha tenía a un tipo de rostro de pocos amigos y por delante a un viejito con una maleta más grande que él.
___¡En Jesús encontraremos la salvación!___ Gritó el mismo.
___¡Que te den por culo! ___Contestó otro.
La señorita le sonrió y Marcial estaba tan cerca que creyó descubrirle en la cara ciertas trazas... ¿De barba?
Algo tenía entre las piernas que le venía molestando y el había pensado que era un paraguas aunque afuera no llovía.
Por fin se bajó en su estación Cañuelas, caminó por la escalera a la calle luego de ser casi sacado a las patadas del metro, por suerte el transvesti siguió viaje junto al que seguía gritando frases bíblicas mientras desde el tumulto le insultaban.
Caminó rápidamente rumbo al taller y de pronto se percató que en vez de la valijita de herramientas tenía una maleta de ejecutivo en la mano, al pasar delante de una vidriera tuvo que regresar para mirar a su reflejo.
___¡No puede ser!
Desde la enorme vidriera de la zapatería un hombre alto, de traje grís e impecable camisa blanca le miraba, era su reflejo, pero no de él sino de otro.
___¡Pero si yo soy morocho, bajo y visto de mameluco!
Marcial se fue a sentar a una plaza cercana, en el bolsillo de su traje estaban los documentos de un tal: Doralicio Céspedes Menchaca: Abogado.
Pobre Marcial, había viajado tan apretado que se le había cambiado hasta el cuerpo.
FIN

Este cuento se lo dedico a Mauricio Buitrago porque se me ocurrió gracias a un comentario suyo sobre el metro a razón de un artículo sobre la locura de los transportes colectivos que publiqué en este blog.

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