Monday, February 23, 2009

Fiebre Amarilla VIII (Cuento)

Fiebre Amarilla
“Nani Nakamura”
Por: Darío Valle Risoto

Le decían “N.N” y a ella no le gustaba pero como toda chica japonesa solo demostraba su bronca con un pequeño mohín de su rostro de perfecta porcelana. En 1988 estuvimos brevemente juntos en el Budismo, bueno, no tan juntos, a veces nos cruzábamos en la casa grande de Avenida Italia pero yo era muy nuevo y creo que era hija de un dirigente que vivía en Japón o algo así.
Cuando Hipólito me invitó siete años después a una reunión en la casa de Juanita le dije que estaba loco, yo me había alejado totalmente del budismo aunque nunca pude dejar de lado tantas enseñanzas pero me dijo la frase mágica.
___Va a venir “N.N” especialmente desde Hokaido, ¿La recuerdas?
Invierno del ochenta y nueve, un frío terrible y para colmo llovía, salimos demasiado tarde de la casa de Juanita que quedaba en la puta madre de algún lugar del barrio de Manga, durante toda la reunión un pesado se había ensañado con preguntar y repreguntar sobre el karma y todas esas chotadas y yo me dormía en un rincón.
Cuando terminaba de mirar de reojo mi billetera para ver si me daba el dinero para el taxi un imbécil se me adelantó y la llevó en su auto, pude ver el rostro de Nani mirarme brevemente desde atrás del parabrisas empapado pero bien pudo ser mi imaginación.
___¡Tenía unas piernas increíbles!
___¿Qué?
Hipólito me sacó del ostracismo mental.
___Nani, no me digas que nunca la miraste, aquel domingo en que entró a la casona de Avenida Italia con ese vestido blanco vos casi te desmayas.
___Bueno... ___Inútil era decirle al loco lo contrario hacía años que éramos amigos y tiempo después de dejar el budismo le confesé que Nani o “N.N” me comía el sueño como un Pac Man
del demonio.
___¡Ahora es tu oportunidad!
Así fue, la vieja reunión de egresados de la iluminación, los suspendidos del karma, los budistas del desencanto... a ver, si un montón de viejos carcomidos por el esoterismo de la vida cotidiana.
Estaban todos hasta los que no conocía bien pero se acordaban de mí.
___¡Que haces metalerooooo!
El cumbiero budista.
___¿Cómo anda licenciado?
El gracioso que no hace reír ni a Ronald Mc Donald.
___¿Darío?
Y ella.
Entró como un pequeño fantasma japonés desde uno de los cuartos de la enorme casa, me sorprendió intentando abrir una botella de vino Cabernet para una rubia de pronunciados y rotundos abdominales. Era Nani como si el tiempo no le hubiera pasado.
___¡Estas igual! ___Me dijo y me dio un beso, mientras sentía sus labios húmedos un viejo circuito perdido en mi memoria me dijo: Los japoneses nunca besan, si lo hizo está contigo macho.
La rubia se fue con la botella sin abrir y con cara larga.
La miré y era como ensayar una vieja canción, como leer el cuento que nos hacía dormir de chicos, como volver a recibir el abrazo de mi viejo, era como regresar a un perdido mundo de hadas.
Lo demás es puro cuento y uno es un caballero, pero, bueno, solo tiene un defecto, tiene los pies fríos.

Fin.


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